
Existió una vez un pueblo que vivía a las laderas de un río sereno. Sus cuerpos tenían el olor de la tierra, y esta se mezclaba con los aromas de sus cultivos. Se divertían contando las estrellas en el espejo del río, escribiendo sin cesar constelaciones con sus propios dedos. Era una época en la que los cuerpos se pavoneaban entre sí, llenos de frenesí. Este legado acompañaría a la expansión de nuevas generaciones, y con ellas sus técnicas de cultivo y su herencia espiritual. Sin previo aviso, una noche a cielo abierto, un extranjero oscuro arribaba al pueblo, cargado de artillería pesada y rechinches metálicos. Así como las termitas devoran un árbol en pocos días, arrasaron hasta el último milimetro virgen de estas tierras encantadas.
Empezaría una nueva era para este pueblo. No alcanzaría a los hijos de este pueblo acumular el rencor suficiente para responder a la transgresión de sus ancestros. Guardarán el rencor y serán etiquetados de locos por la clínica extranjera. Pero por algún lado de su espíritu, en un recoveco escondido, quedará guardada la fórmula mágica. El río recobrará su calma y los pueblos volverán a cantar. Allí están todavía, hoy, a las laderas, esperando la calma de un río que de tantos vientos viejos tuvo que rebalsar numerosas veces para apaciguar el ardor. Allí esperan el día en que los bisnietos de la conquista vuelvan la vista a los pueblos y, en sinergia, canten todos juntos las notas de una nueva Sudamérica no más olvidada.
La actividad humana comenzó en América cientos de miles de años después que en otros continentes. Hasta hace varias décadas, se creía que la antigüedad del hombre en América no se remontaba más allá de veinte mil años. Posteriores estudios, elevaron esta cifra a más de cuarenta mil años. El sistema de parentesco conllevaba un nuevo régimen de relaciones entre las parejas, cuya continuidad debía asegurar la reproducción de los genes y de su fuerza de trabajo. Los estudiosos han prestado más atención a como se emplea la fuerza de trabajo que a la forma cómo se reproduce. En ese sentido, es importante la observación de Meillassoux: “La unidad doméstica es el único sistema económico y social que dirige la reproducción física de los individuos, la reproducción de los productores y la reproducción social en todas sus formas, mediante un conjunto de instituciones, y que la domina mediante la movilización ordenada de los medios de reproducción humana, vale decir de las mujeres”. El parentesco sería la ‘representación jurídica-ideológica” de las “relaciones de reproducción en la organización y gestión social”.
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