lunes, 23 de mayo de 2011

PENSAMIENTOS AISLADOS

Voy a optar por no pensar en vos por un tiempo indeterminado.

Los relojes estallan. Bajamos a esta nueva dimensión. Está oscuro aquí, ¿el tiempo carece de estrella madre? Preguntémosle al mar negro de estrellas. Estos multiversos, ¿sombra de una piedra gigante? Cebollas galácticas, las mil y una capas. Se observa en la profundidad pero no profundamente. Es un ojo más grande que los multiversos, también observado, si su naturaleza es captar cómo los colores refractan del rebote de luz blanca en la materia. Apunto el zoom a la pequeña molécula y cuánto más me acerco, más compleja se hace. ¿Acaso existe aquello que llamamos profundidad?

Anhelo.

Si se quiere tomar la ruta, hay que saber abrirse camino. Conocer el contenido de nuestra mochila. Procurar plenitud espiritual.

Si, reconozco consciencia en la espontaneidad. También reconozco mis ojos divagar lo que la mente intenta no gesticular. Meditando descubro músculos faciales que consideraba don manipular. Caminos nerviosos cerrados para procurar angostas expresiones. Siento como mi sonrisa queda dibujada en mi rostro aunque no esté sonriendo, en realidad. Es una sonrisa oblicua, tironeada hacía mi ojo derecho, arrastrando el perfil izquierdo, y a su pómulo, ojo izquierdo, y ojera, también. ¿Qué sentimientos se esconden en esos rígidos músculos?

Luz mañanera. El sauce en mi ventana me dice: si, rotamos.

Abro el ropero. A la derecha, una fila de trajes superfluos, camperas de crucigramas, saltamontes taciturnos, guantes de elocuencia. A la izquierda, cuelgan taparrabos silvestres, telares infinitos que me desenredan el cuerpo, giro y giro y vuelvo a girar y ahí recupero el equilibrio. El lado izquierdo me viste sin pedirme ayuda. Debajo, unos compartimientos de madera resguardan brazaletes de guindas, me las como, están ricas, pican detrás de la lengua, estiran mi sonrisa sin humor. Abro paso sumergida en el ropero. Por el fondo, enaguas negras, banderas de seda oscura se mueven por el viento, ahí, dentro del ropero, al final del lado izquierdo y derecho, donde termina la madera. Esa madera de la que estoy hecha yo, es la que cubre mi ropero. Vuelvo del fondo profundo, si me sumerjo ahí quizás no vuelvo más. Probemos introducir un brazo, quizás hay materia solida donde al menos apoyar los pies. No. Nada. Suave, igual. Dejaría el brazo aquí un rato más. Sube unos grados el amarillo del sauce. Eso es buena señal. Una buena señal que me dice que si apoyo el cuerpo sobre la base del ropero, tranquilamente, puedo estirar la cabeza dentro de las tiras danzantes de seda negra. Los oídos ahora escuchan. Es el sonido del mar en este caracol de seda. Acá se ve para todos lados. ¿Dónde está el radio de circunferencia en este escenario? Tranquila. Podés perder el equilibrio si pensas así. Los músculos de mi espalda me salvan de esa caída. Aleteando contemplo. Qué maravilla. Es bello. Realmente, bello. Bello y negro. Bello, vacío, lleno de aire. Lo contemplo un poco más. Me veo a mí, ahora ya no es real. Ahora es una compleja representación, una imaginada fantasía, ilusoria imagen de lo que podría hacer en ese lugar, quizás arribar a un planeta extraño, en un movimiento de rotación, un aterrizaje que hace volar la arena de ese paraíso extrarrestre. Pero no es así, es solo una representación. Demasiados colores, hay algo que hace brillar esto. Unas ganas tremendas, me imagino, de patear horizontes. Interpretación de la representación. Interpretante interpretado. Desde afuera se ve como una bolsa de consorcio llena de métodos. Pero el plástico no es agua. ¿Cómo lo diluimos? De la bolsa saco el método ‘anhelo’. Por acá tiene que estar el ´desvío de la mirada´. Quizás este viaje me devuelva los gestos, eso sería fantástico.

Las rodillas están cansadas de esperar esa ruta prometida. Yo se que pronto llegará el momento para patear hasta el cansancio. Para nutrir las palmas de los pies con pastos de múltiples verdes, vivos, muertos, tropicales, andinos, orientales. Los ojos se preparan para achinarse al olvidado reflejo del Sol mañanero.

Está escritura está llegando a su fin. Mis pies rebotan, me piden una dosis de viento frío y pedaleo constante. Aunque el impulso quiere más inspiración. Joder.

Las hojas se levantan amarillas, las del sauce. Dame un degrade más. Estas negando las cajoneras en la parte inferior del ropero. Las niego porque no me sirven para nada. No hay candado que impida su apertura. Sin embargo, guardadas están, por alguna razón, no sirven como raíces. Una pequeña aireada no le vendría mal. A ver que sale de ahí adentro, unos cuántos murciélagos, mosquitos, nose como acuña vida este cajón. ¿Hay algo vivo por aquí? Solo ruidos que no paran de rebotar. ¿Algún interruptor volumétrico? No, al menos no cerca mío, está oscuro por aquí también. Solo titila esa lamparita de flashbacks. Si al menos quedará fija comprendería al recuerdo que representa, pero no hay caso, titila muy rápido. Nose para que estoy guardando estas cosas. Lo dejo abierto, a ver qué pasa. Se siente el viento acariciar la seda negra y se ve a la jauría de murciélagos perderse en sus brazos negros. Los mosquitos también. Quieren morir, que locura. Imposible. Abrámoslo un poco más, que le dé un poco la luz. Es puro polvo. Se elevan algunas partículas, se las lleva el viento hacia las guirnaldas negras. Ahora ya no son pequeñas partículas, esto es una tormenta de arena aspirada hacia la nada. Ahí está. Ese cajón lo tenía encima de la mejilla izquierda. Hacemos leña con este cajón por la noche, aseguramos unos pies calentitos. Esto dará lugar a nuevos vestidos o, porque no, bufandas y medias de lana, y muchas hojas de este sauce otoñal.

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